A comienzos de los 2000, Internet Explorer podía acumular tantas barras de herramientas que la ventana de navegación quedaba reducida a una franja mínima. Google Toolbar, Yahoo! o Ask Jeeves fueron algunas de las responsables de una práctica que llegó a convertirse en un negocio y en un problema para los usuarios.
La imagen de una ventana de Internet Explorer con cinco o seis barras apiladas bajo la barra de direcciones no es una exageración: fue una realidad para quienes usaban un PC a comienzos de los 2000. Cada toolbar reclamaba unos píxeles y prometía mejorar la navegación, hasta que la zona útil para ver las páginas web quedaba reducida a una franja mínima. Según publica MuyComputer, aquel fenómeno respondía a una combinación de utilidad real y estrategia comercial.
Las primeras toolbars no nacieron como simple publicidad. Los navegadores de finales de los noventa eran mucho más austeros que los actuales y muchas funciones básicas no existían. Internet Explorer permitía ampliar sus capacidades mediante los Browser Helper Objects, presentes desde IE4, lo que abrió la puerta a todo tipo de complementos. Google Toolbar llegó en diciembre de 2000 y permitía buscar sin entrar antes en google.com, una mejora pequeña pero suficiente para que muchos usuarios la mantuvieran instalada.
Google Toolbar fue evolucionando. En 2003 incorporó el bloqueo de ventanas emergentes, AutoFill y BlogThis, y más tarde llegaron traducción, corrector ortográfico e integraciones con otros servicios de Google. Hoy esas funciones viven dentro del propio navegador o del sistema operativo, pero entonces una franja adicional bajo la barra de direcciones era la forma lógica de conseguirlas. Yahoo! y Ask Jeeves también lanzaron sus propias barras.
El problema surgió cuando las toolbars dejaron de competir por ser útiles y empezaron a competir por estar instaladas. Tener presencia permanente en el navegador era un negocio magnífico: la empresa ya no dependía de que el usuario recordara visitar su web. Controlar las búsquedas significaba tráfico, y el tráfico, dinero. Así que todo el mundo quería unos centímetros de navegador.
La forma más eficaz de conseguirlo fue el bundling. Si convencer al usuario de instalar una barra era difícil, siempre quedaba la opción de incluirla durante la instalación de otro programa. Reproductores multimedia, utilidades, instaladores de juegos y freeware en general se convirtieron en vehículos habituales para colar toolbars. Algunas ofertas estaban claramente indicadas y podían rechazarse; otras usaban casillas premarcadas o textos ambiguos que recompensaban al usuario impaciente.
El resultado fue que mucha gente acababa con barras que no había buscado y, a menudo, ni siquiera sabía qué programa las había instalado. La batalla ya no consistía en fabricar la mejor herramienta, sino en conseguir el mejor acuerdo para aparecer en el mayor número posible de equipos. Aquella práctica, habitual durante años, contribuyó a la mala reputación de Internet Explorer y a que los usuarios aprendieran a desconfiar de las instalaciones que incluían complementos no solicitados.



